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Visitando el patrimonio industrial con las peques: el Museo del Cemento Asland

Este fin de semana he tachado de la [interminable] lista de sitios pendientes por visitar uno de mis favoritos: el Museo del Cemento Asland. Y es uno de mis favoritos porque, a pesar de estar en un estado bastante ruinoso, esta fábrica ha conseguido llegar hasta nuestros días reconvertida en un espacio musealizado. Además, esta vez hemos ejercido de súper titos y nos hemos llevado a las sobrinas con nosotros. No sabíamos si íbamos a salir vivos de esta… pero las peques se lo pasaron genial y los mayores otro tanto.

Antes de continuar, pongámonos un poco en situación. El Museo del Cemento Asland está situado en Castellar de n’Hug, más allá de Berga, en el paraje conocido como el Clot del Moro. Ocupa parte de las impresionantes instalaciones de la antigua fábrica de cemento Asland, la primera fábrica de cemento Portland construida en Cataluña. Este conjunto es interesantísimo por varias razones. Su arquitectura, modernista, utiliza estructuras de hierro forjado y la denominada bóveda catalana, que le confiere un aspecto exterior muy característico. También destaca el planteamiento que sigue la fábrica, construida de forma escalonada para aprovechar la fuerza de la gravedad y minimizar así costes de energía y esfuerzos de transporte. A esto hay que añadir el reto que planteó su construcción, ya que el paraje en el que se encuentra no es precisamente plano y accesible. Combinando todos estos elementos tenemos como resultado una de las fábricas más impresionantes de Cataluña.

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Vista general de la cementera. Imagen: Enfo (Wikipedia)

 

La Fábrica de Cemento Asland

El fundador de la fábrica de cemento fue el industrial barcelonés Eusebi Güell, apellido archiconocido que seguramente nos traiga a la mente lugares tan icónicos como el Parque Güell. Y es que Eusebi Güell fue un personaje de gran importancia en su época, presente en prácticamente todos los ámbitos económicos, y mantuvo una estrecha relación con el afamado arquitecto Antoni Gaudí. En el gran momento de la industrialización catalana, muchas fábricas se instalaron a lo largo del curso del río Llobregat para aprovechar la fuerza de sus aguas. La fábrica Asland (nombre que deriva de Asfaltos y Portland, pues el nombre original de la empresa era General de Asfaltos y Portland S.A) es la primera que encontramos en todo su recorrido, ya que el río nace sólo unos cuantos kilómetros más arriba. Dividida en 13 pisos escalonados, el proceso de fabricación del cemento comenzaba en la parte superior con la pedrera y acababa en la parte inferior con el almacenamiento y el transporte. El carbón necesario para hacer funcionar los hornos se extraía de las cercanas minas de Catllaràs, adquiridas por Asland en 1905, desde donde se bajaba el material mediante un funicular aéreo hasta la Pobla de Lillet.

La fábrica inició su actividad en 1904 y se mantuvo operativa hasta 1975. En 1992 reabrió parte de sus instalaciones como museo y actualmente forma parte del Sistema Territorial del Museu de la Ciència i la Tècnica de Catalunya.

Vista de la fábrica en funcionamiento. Imagen: http://www.wwmm.org/

 

El tren del cemento

La visita al Museo del Cemento va más allá del propio museo. Para llegar a él se puede acceder en coche, claro está, pero la opción más bonita es, sin duda, subir con el tren del cemento. La fábrica necesitaba transportar de modo efectivo el cemento producido, así que se proyectó la construcción de un ferrocarril de vía estrecha que conectara la fábrica con la población cercana de Guardiola de Berguedà. Esta vía se usaba, además, para el transporte de viajeros. En 2005 se recuperó parte del antiguo trazado, desde la Pobla de Lillet hasta la fábrica. A través de 3,5 km. este simpático tren nos llevará hasta el museo; eso si, sin prisas… Es curioso ver como en algunas partes del trayecto carretera, tren, calles del pueblo y peatones comparten espacio. En la estación de la Pobla de Lillet hay, además, un pequeño museo del transporte con varias locomotoras y vehículos de transporte.

 

Los Jardines Artigas

La segunda parada del tren del cemento (la primera deja en el propio pueblo) es la de los Jardines Artigas. Ya he mencionado más arriba la estrecha relación que mantuvieron Eusebi Güell y Antoni Guadí, y también la compra de las minas de Catllaràs por parte de Asland. Dado que el complejo de las minas estaba muy alejado del pueblo, Eusebi Güell encargó a Antoni Guadí el diseño de un chalet que serviría de refugio de montaña a los ingenieros y trabajadores de las minas. Durante su estancia en la Vall de Lillet, Gaudí se alojó en casa de los Srs. Artigas, propietarios de una de las fábricas más prósperas de la época. En agradecimiento a la hospitalidad de la familia, Gaudí les obsequió con el diseño de unos jardines donde naturaleza y arquitectura se fusionan por completo. Cascadas, puentes, pérgolas, fuentes… todos los elementos de estos jardines están cargados de una gran originalidad.

 

El museo del cemento

Después de un refrescante paseo por los Jardines Artigas, volvemos a subir al tren y continuamos hasta finalizar el trayecto. Al bajar del tren sale a nuestro encuentro, medio derruida, la imponente fábrica. El museo está ubicado en una de las partes restauradas, concretamente el espacio donde el cemento era introducido en sacos. La visita comienza con una introducción a los diversos aspectos de la fábrica: su entorno, su construcción, los materiales, el proceso de fabricación del cemento etc.

La segunda parte de la visita es la más espectacular, ya que después de enfundarse en un casco de obra, el visitante puede acceder a los restos de la fábrica siguiendo un itinerario marcado. Ni qué decir tiene que esto es, sencillamente, espectacular. El recorrido está marcado por pasarelas y barandillas, aún así no deja de ser un edificio en ruinas y hay que caminar con precaución. Es interesante hacer un ejercicio de abstracción e imaginarse todo aquello lleno de máquinas y hombres trabajando…

 

De excursión con las peques

No negaré que al principio tenía mis dudas sobre llevar a las peques a este museo. No porque sea aburrido o pesado, sino porque el tema me parecía algo complicado para dos mocos de tres y seis años. Por suerte, ¡estaba equivocada! Evidentemente, cuando se visita un museo con niños hay que tener muy claro qué queremos ver y de qué manera los más pequeños pueden acercarse a los contenidos.

El museo ofrece un paquete combinado de tren + jardines + museo + taller infantil. El viaje en tren es seguramente lo que más les divierte, y se lo pasan bomba saludando a los vecinos que se encuentran por el camino (un hurra para ellos, a pesar de ver el numerito cada fin de semana, no se cansan de sonreír y saludar). Los jardines también son un espacio muy atractivo para los más pequeños, ya que la cantidad de elementos que hay en ellos llaman continuamente su atención. Por desgracia, nuestra visita coincidió con un viaje organizado de jubilados así que el personal del museo (el, en singular) no pudo hacernos el taller infantil. Sin embargo nos dieron unos recortables para poder trabajar en casa que recogen básicamente el contenido del taller, con las diferentes personas que trabajaban en la fábrica y los espacios clave del complejo y su entorno.

Las edades de nuestras sobris, 3 y 6 años, son bastante dispares a la hora de afrontar los contenidos. Evidentemente la más pequeña no salió de allí siendo una experta en la fabricación del cemento, pero si fue capaz de relacionar conceptos e imágenes con su experiencia diaria. Por ejemplo, reconoció el tren de transporte de cemento que salía en un audiovisual sobre la historia de la fábrica y enseguida lo relacionó con el tren que ella misma había cogido para llegar allí. También reconoció algunas actividades como coser y cocinar, materiales, colores y objetos. La mayor profundizó más en los contenidos de la exposición y fue capaz de comprender el proceso de fabricación del cemento, y prestó una atención inusitada al audiovisual de la historia de la fábrica (reconociendo a la vez algunos de los personajes del recortable y sus roles en la fábrica, basándose en su indumentaria).

La visita con el casco por las instalaciones de la fábrica fue seguramente lo que más les costó de asimilar, ya que el estado en el que está obliga a hacer un auténtico esfuerzo de reconstrucción mental. Además, y este es un problema que me he encontrado en más de una ocasión, los cascos son demasiado grandes para los pequeños. No hay cascos tamaño niño y por consiguiente los pequeños van más pendientes de no perderlo por el camino que de lo que están viendo.

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Si algo nos encantó de las instalaciones, es que tanto en la estación de la Pobla de Lillet como en la del museo tienen parque infantil y mesas (¡a la sombra!) para poder comer. El pic-nic made in la suegra fue el remate final.

La sobrina mayor nos dijo que quería volver allí y ver más sitios como ese… ¡así que consideramos que la visita fue todo un éxito!

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