Cajón de sastre

Pagar o no pagar, esa es la cuestión (de las iglesias)

Este verano he pasado mucho tiempo en la Seu Vella de Lleida y, entre otras muchas cosas, he estado prestando atención a los comentarios que iban haciendo los visitantes. Entre los elogios a lo singular de su ubicación y a su belleza se colaban de vez en cuando comentarios sobre el hecho de tener que pagar entrada para poder acceder a su interior. “No pienso darle un duro a la Iglesia”, “no pago por ver una iglesia”, “esto antes era gratis, vaya panda de ladrones” o “lo que faltaba, pagar por ver una iglesia” son comentarios que he escuchado una y otra vez. Parece que todos tenemos bastante interiorizado que para poder acceder a un museo hay que pagar (generalmente) una entrada, pero eso de tener que pagar por entrar a visitar un lugar de culto… ya no lo llevamos tan bien. Y aquí viene el eterno dilema: ¿Debería ser la entrada a las iglesias gratuita?

Una cuestión de difícil solución

La singularidad de la visita a las iglesias es la confluencia de factores que se dan en ellas. Están gestionadas por la Iglesia, por lo tanto es a ella a quien corresponde establecer las condiciones de acceso a sus edificios. El mantenimiento de estos lugares no es barato: desde la factura de la luz, el personal y la limpieza hasta las grandes intervenciones para su conservación y restauración, la lista de gastos parece no tener fin. El establecimiento de una entrada suele responder precisamente a pagar parte del mantenimiento, si el precio es excesivo o no ya es otro cantar. El conflicto llega cuando interviene el dinero público, ya que la Administración desembolsa el dinero pero es la Iglesia la que recauda el beneficio de la entrada. Recordemos sino las disputas entre la Junta de Andalucía y la Iglesia por permitir la entrada gratuita a los Bienes de Interés Cultural restaurados con dinero público. Por otra parte está el sentimiento moral de muchos de los visitantes, que no aceptan que se les cobre por entrar a la Casa del Señor (a pesar de ser de 2009, este comentario de Jose Manuel Payáilustra este sentimiento a la perfección). En España contamos con no pocas catedrales de pago, como la Catedral de Nuestra Señora de Gracia de Cuenca, la Catedral de León, la Catedral de Valencia, la Catedral de Salamanca (esta sólo para los de fuera, los habitantes de la ciudad no tienen que pagar) o la Catedral Basílica de Tarragona. Lo del cobro de entradas se extiende también a pequeñas iglesias como las iglesias románicas de la Vall de Boí. Y por supuesto, esto no es exclusivo de España: por poner un ejemplo, la Dom de Berlin también cobra entrada.

¿Existen alternativas al cobro de una entrada?

Soy bastante asidua a visitar iglesias allá donde voy, así que me he encontrado con todo tipo de fórmulas para recaudar dinero sin necesidad de cobrar entrada. Las más comunes suelen ser mantener la gratuidad del templo y cobrar por cualquier extra (visitar el campanario, el tesoro, la cripta…), como hacen la Basílica de San Marco de Venecia, el Duomo de Milán o la Basílica del Pilar de Zaragoza; o pedir un donativo al visitante, que puede ser voluntario o establecido (la Catedral de la Almudena de Madrid pide 1€ por visitante, mientras que la Catedral de Barcelona establece horarios gratuitos y horarios con donativo). Por una parte, el sistema de donativos permite a cada uno hacer una aportación en la medida de sus posibilidades (tal vez no pueda pagar una entrada de 5€ pero sí dejar 1€), pero por otra parte mucha gente se hace “el longuis” y sale tal y cual ha entrado. Algunos templos como la Catedral de Girona cobran entrada pero se reservan algunos días u horas gratuitas. Tampoco hay que olvidar la petición de donaciones para una actuación concreta con el lema te necesitamos; así, si entramos en la página web de la Catedral de Santiago lo primero que vemos es la campaña para recaudar fondos para la restauración de la fachada del Obradoiro. Y ahora mismo no me viene ninguna a la mente, pero también hay iglesias que están incluidas dentro de las tarjetas turísticas que permiten visitar los principales atractivos turísticos de una ciudad.

Está claro que cada iglesia tiene unas necesidades y unos gastos específicos y que la solución que adopte una puede no ser efectiva para otra; en cualquier caso, la polémica siempre va a estar servida.

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